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ORGULLO

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lunes, 1 de marzo de 2010

Burrull abre el debate del pinganillo

¿Hay que emplear las nuevas tecnologías en el fútbol al estilo ojo de halcón en el tenis? El debate, podría bautizarse como del pinganillo, está servido. Ayer lo abrió Pérez Burrull en medio de una actuación de lo más desafortunada. El cántabro demostró por qué es uno de los árbitros más controvertidos de Primera con un partido esperpéntico en el que casi todo le salió mal. El sumun de los despropósitos llegó al borde de la media hora cuando el colegiado pitó penalti y expulsó a Marchena.

Poco antes, en la jugada anterior al gol del Valencia, Burrull se tragó un claro penalti de Banega a Reyes. En el minuto 28, Marchena cometió un error, Agüero le robó la cartera y el andaluz le arrebató el balón de un manotazo. Lo vieron todos menos el árbitro. Los jugadores del Atlético olvidaron que aquello era fútbol y placaron al colegiado. Este no tuvo más remedio que parar el partido y, como no se había enterado de qué iba la película, buscó consuelo, ayuda y consejo del único aliado que le quedaba.

Como sus dos auxiliares tampoco le habían dicho nada, Pérez Burrull se fue a la banda y llamó al cuarto árbitro. Jorge Figueroa Vázquez, colegiado sevillano que jamás ha dirigido un partido de Primera, vio clara una acción que debió percibir el cántabro.

«Es que se me ha estropeado el pinganillo». Esta es la excusa que puso Pérez Burrull a los jugadores del Valencia, entre ellos César, el más indignado en esta acción. Lo que no había trascendido a través de los micrófonos, el avispado Figeroa Vázquez lo explicó a la atenta oreja del colegiado cántabro, que en ese momento tenía el otro oído en la grada del Calderón.

Saca tarjeta. Roja para Marchena y señala, casi con timidez, el punto de penalti. «Lo que no puedes hacer es pitarlo porque te lo pide la grada», le dice César. El portero está fuera de sí. «Tíralo fuera», le dice a Forlán mientras el uruguayo coloca el balón en el césped.

Pero el '9' rojiblanco no le hace ni caso. Lo tira mal. ¿Haría la de Fowler tras un penalti que él mismo dijo al árbitro que no había sido? No dio esa sensación. El balón fue al centro y César a un lado. Gol.

Los atléticos lo celebran y Burrull se va al centro. El cántabro vuelve a nacionalizarse sueco cuando el arquero extremeño corre hacia la banda y lanza el balón a Figueroa Vázquez, como diciéndole: «Chaval, tú eres el árbitro del partido». El colegiado titular no percibe la humillación y pasa de todo.

Al descanso, César se retiró charlando con Burrull. «Si es penalti como una casa, lo que no sé es cómo no lo ves... pero si no lo ves tú, no puedes pitarlo», le dijo al colegiado. Esto fue lo primero que indignó a la expedición blanquinegra, que llegó a buscar en el reglamento el artículo que especifica que el colegiado no tiene potestad para pitar nada salvo en caso de una flagrante acción violenta.

El debate del pinganillo estaba abierto, pero el propio Burrull, como si reclamase los derechos de autor, se encargó de avivarlo en la segunda parte. «Tengo dudas de que sea falta. Nos han pitado muchas así», se quejaba César, que estallaría con la roja a Miguel. Para el portero del Valencia (y cualquiera que vea la acción diría lo mismo), la acción es como mucho de cartulina amarilla. «¿Y eso no lo ve el cuarto árbitro? ¿Por qué no le pregunta? Lo que tienen que hacer es aplicar siempre el mismo criterio».

El partido acabó, según es habitual en estos casos, como el rosario de la aurora. Amén de la rigurosa roja a Miguel, Pérez Burrull envió a la grada a Juan Carlos Carcedo, segundo entrenador del Valencia por protestar sus decisiones mientras decía: «Esto es una vergüenza».

Y después de tantas observaciones, el colegiado cántabro no podía irse a casa tranquilo sin mostrarle una cartulina amarilla a César. El portero recibió una fea entrada de Salvio y se encaró con el jugador del Atlético. Burull disparó (eso parecía cada vez que enseñaba una tarjeta). Dio la impresión de que el tiro iba para el rojiblanco. Pero no.

«Encararse a un contrario si insultos ni amenazas». Así justificó Burrull en el acta la tarjeta a César. Y se quedó tan tranquilo. A este nefasto árbitro cántabro, por lo menos, nadie podrá discutirle la autoría del debate del pinganillo.

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