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ORGULLO

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viernes, 26 de febrero de 2010

la otra cara de la victoria

No existe mejor medicina que la victoria. Cura la mayoría de las heridas y enfermedades. Casi todas. Pero no pudo con la inmensa pena que azota a Moyá, el único blanquinegro derrotado en la noche mágica de Mestalla. La cara es el espejo del alma. Y quien todavía no lo acepte, que recuerde los prolegómenos del encuentro de ayer. El rostro de Moyá no sólo recitaba un poema. Hablaba en prosa. El balear, por mucho que se esforzase, no podía ocultar su decepción. El guardameta se dejó ver muy poco, pero cuando los equipos saltaron a calentar tuvo que aparecer con el resto de sus compañeros.

Miguel Ángel Moyá está triste. El portero ha dicho esta semana que si no jugaba ayer, tampoco se lo iba a tomar como una derrota definitiva. Pero sí ha perdido la batalla. La de la presente temporada. Unai demostró que confía en César pero no en el guardameta cuyo fichaje pidió expresamente este verano. Y eso le duele a cualquiera.

Desde luego, el arquero mallorquín está viviendo momentos duros. Puede que los peores de su carrera. Debe levantarse. Tiene 25 años y, por mucho que esté viviendo su segunda juventud, César debe darle la alternativa tarde o temprano. Otra cosa es que Moyá sea psicológicamente tan fuerte como afirman desde el Mallorca y según ha querido escenificar él esta semana. Por lo pronto, anoche se dejo ver lo menos posible. Hace una semana, cuando encajó el gol en Brujas, el futbolista lloró en el vestuario. Ayer tampoco hubiese sido extraño que se le escapase alguna lágrima.

La otra cara de la moneda fue el '1' del Valencia. César Sánchez fue un mero espectador la mayor parte del choque. El portero quiso permanecer lo inadvertido que le permitía su camiseta naranja fluorescente. Porque en la primera parte, el Brujas asumió el papel de oveja llevada al matadero. Los belgas sólo crearon algo de peligro en un par de faltas lejanas. El único mérito del extremeño, colocar una barrera que sirvió como elemento disuasorio. Los lanzamientos visitantes se marcharon a la grada.

César aguantó como pudo... el frío... y la incomodidad del buen tipo que sabe que ese no era su partido. Seguro que se le pasó por la cabeza que en el banquillo había un amigo que lo estaba pasando mal. El arquero blanquinegro quiso evadirse y lo hizo como pudo. El guardameta se asentó en la frontal del área. Adelantado para cortar algún balón en profundidad y ver lo más cerca posible el juego ofensivo de sus compañeros. Dio palmadas y se frotó las manos. Por nervios y para calentarlas... por si las necesitaba.

El guión cambió en la segunda parte. El Brujas se estiró y César, por primera vez en mucho tiempo, mostró algún destello de inseguridad. ¿Vería el rostro cariacontecido de Moyá al descanso? ¿Le afectaría? Estas preguntas quedarán en el aire, pero el portero tuvo algún gesto impropio en él desde que se hizo con la titularidad en Liga. Un centro a la frontal del área pequeña que el meta se comió pero no halló rematador. Un saque del extremeño en el que puso en un compromiso a Banega, aunque el argentino la aguantó y la sacó con un detalle de calidad.

El fútbol es cuestión de pequeños detalles. Un gol en cualquiera de esas dos acciones habría alimentado la polémica de los porteros. Como el maldito bote que le costó la suplencia anoche a Moyá. Pero la diosa fortuna estuvo con César.

Aparte de estas dos acciones, el extremeño mostró su nivel. Sólido. Tranquilo. Concentrado. Preparado para intervenir cuando fuese necesario. Como la acción en la que se mostró veloz para salir a los pies de Sonck. O para sacarse de la chistera un paradón a chut de Perisic que posiblemente iba fuera.

Cuando el partido se estabilizó y el Valencia recuperó el control perdido tras el descanso, César volvió a su rol de la primera parte. El del espectador de lujo. Serio y concentrado. Eso sí, con el 3-0 ya no se reprimió. Dio rienda suelta a la euforia y lo celebró con los aficionados. Ya había pasado el momento mágico. El de la buena sintonía entre dos compañeros y rivales por un puesto. Cuando el árbitro pitó el final, los once que estaban en el campo tuvieron su momento de descanso. Moyá saltó por primera vez al césped de Mestalla para estirar a Miguel. Luego dialogó con Banega. Y después se produjo el instante más emocionante de todo el encuentro.

El balear buscó a César. Ambos porteros chocaron sus manos y dialogaron durante 20 segundos. Luego se abrazaron. El gesto pasó inadvertido para muchos pero es el vivo ejemplo de la buena relación entre los dos porteros pese a las competencias. Por cierto, para enmarcar el partidazo de Stijnen, el arquero belga. Ojalá Moyá tenga muchas actuaciones similares con la camiseta del Valencia. Se lo merece por cómo amortiguó su tristeza en una noche de felicidad blanquinegra.

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